13 mar

Un ir y venir.

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La actividad diaria era frenética, un ir y venir de gente acompañaba el discurrir del día. Por un lado estaban los trabajadores del Taller de Restauración propiamente dicho, ebanistas, tallistas, doradores, restauradores, tapiceros y modistas.Cada uno de ellos tenía perfectamente delimitadas sus funciones, aunque todos querían aprender de las técnicas y habilidades del otro y el respeto y la admiración eran mutuos.Por otro lado estaban los transportistas de la casa, ellos se encargaban de recoger las piezas para ser restauradas y devolverlas esplendorosas a sus lugares definitivos.Y por último una mezcolanza de personas y personajes, desde los conductores de agencias de transportes internacionales, comerciales para abastecer el taller y los clientes y amigos que por allí se dejaban caer, muchos de ellos sin previo aviso, con el consecuente desbarajuste que ello ocasionaba.

Entre tanto, yo, ajeno al resto del gallinero que miraban con asombro mis avances y mi virtuosismo para colarme en aquel Taller ( al que sólo dos gallinas veteranas se acercaban y se colocaban sobre sillas de hierro de jardín francesas ) picoteaba las briznas frescas de hierba y manzanilla que crecían en la entre los guijarros de la era, y también era raudo en cazar aquellos insectos que se me ponían a tiro.Después corría y me precipitaba sobre el mostrador en el que trabajaba aquella mujer rubia y casi celestial, aquella mujer que se convirtió en mi madre adoptiva.

Yo el Gallo.

Firmado con pluma y espolón.

04 mar

Pinturas

 

 

Y a mí todo me inspiraba.

Trabajo, mucho trabajo es lo que allí se olía.

Cuando el cielo plomizo despertaba aquella mujer de cabellos rubios, ya había alumbrado una pieza que las capas de pintura escondían, y eso también me inspiraba.

Yo el gallo.

Firmado con pluma y espolón.

 

 

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25 feb

Capítulo 2 ” Pio pio “

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    Sí, en aquel porche lleno de ” trozos de maderas ” que se perdían en las alturas como rascacielos, cajones repletos de cristales de los más diversos colores, arcas rellenas de paja arropando cerámicas de otras centurias, amasijos de metales oxidados, y un largo etcétera, di yo mis primeros pasos.

   Allá dónde mi vista alcanzaba a ver, sólo encontraba esculturas imposibles. Una puerta que no daba a ningún sitio, un escritorio sin cajones, un sillón con tres patas, el esqueleto de una cómoda, un frailero sin brazos, manojos de molduras talladas, lunas picadas en la que ya no se reflejaba nada, trozos de marfil etiquetados, cacharros de plata que parecían ébano, imágenes quebradas, bordados de telas enclaustrados en papeles azules, …Todo, absolutamente todo ese sinsentido tenía sentido para mí, era , es …mi mundo.

   El único sonido que allí se escuchaba, era el que provenía de ésa mujer de cabellos rubios, un repetir acompasado del trabajo que realizaban sus manos que se interrumpía cada cierto tiempo por el chasquido de una cerilla y ese era el momento en el que el silencio reinaba en el taller, entonces se escuchaba la melodía que siempre había de fondo. En esta ocasión un repicar de algo que para mí era lo mas parecido a un ” pío pío ” ( más tarde aprendería que eran castañuelas ) y que yo intentaba imitar. Ese sonido que tantas veces escuché y que formaría parte de la banda sonora de mi vida no era otro que: Fandango de Luigi Boccherini. Castaneg

             Yo el Gallo.

Firmado con pluma y espolón

18 feb

Capítulo 1 ” La primera vez que vi la luz “

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Un Gallo en Manhattan trata sobre la historia de mi vida. La vida de un gallo nacido en La Mancha, de padre desconocido y madre que no ejercía como gallina ( en el más amplio de los sentidos ) Sólo ejerció como tal, el tiempo que incubó los huevos de mis hermanos y el mío propio.

Aquí os iré contando mis andanzas, aventuras y miserias de una vida que comenzó en un arcón lleno de paja y carcoma, rodeado de piezas que agonizaban esperando ser rescatadas de un olvido muy largo, de un protagonismo perdido por los ” nuevos tiempos ”

Cuando rompí el cascarón, lo primero que mi envoltura pegajosa y húmeda me dejó ver, fue la imagen de unas manos, unas manos que se afanaban en recomponer unos azulejos blancos y azules en los que no se adivinaba dibujo o forma alguna. Unas manos que pertenecían a una mujer de cabellos rubios y ondulados y unos ojos azules que cambiaban según fuese el cielo de aquel día. Una mujer con una fuerza y delicadeza a la vez, que enmudecían las palabras. Ella era, la restauradora, la que devolvía la vida a todos esos ” cuerpos ”

Ella y sólo ella es la culpable de mostrarme éste mundo tan fascinante, de luchar para salirme del corral y romper con lo establecido y a ella le debo el principal motivo para seguir creyendo en la grandeza del ser humano.

 

Yo El Gallo

Firmado con pluma y espolón.